martes, abril 22

La mirada buscada




Él clavó el filo en su brazo, buscando el confort de una mirada llena de amor y ternura. El brillo plateado dibujó una línea de final sobre su piel. Del trazo pintado, brotó, abrazador, el rojo fuego. Desde aquella llama de ardor, comenzó a fluir una escarlata calidez, que pronto lo cubrió todo a su alrededor. Y en el corazón del mismísimo fuego, el frío halló nido. Allí se asentó y fue creciendo, alimentándose de cada tristeza que habitaba aquel río llameante. Junto al frío vino la nieve, que, con su blanco resplandor, fue robando el color su piel.
El fuego fluía y el frío comía. Tanto comió, que su enorme cuerpo rebalsó, llenándolo todo con gelidez. Tanta fue la gelidez, que hasta el tiempo comenzó a moverse lento. Pronto, el frío había devorado cada tristeza en aquel río, y satisfecho, apagó el fuego y se dispuso a dormir sobre el pecho del muchacho.
Fue entonces, cuando el silencio, el único espectador, la vio llegar. Ella entró a la habitación con sus ojos brillantes y su caminar musical. Pero aún así, el silencio se quedó allí, inmóvil, observando. Los pies danzarines se acercaron al muchacho, y su mirada verde se reflejó en los ojos brillantes. Él sonrió feliz. Llevaba tanto tiempo buscando aquello, que comenzó a dudar de su existencia. Allí estaba, una mirada llena de ternura y amor, llena de comprensión y tristeza. Ella lo abrazó con todas sus fuerzas, y él, con una sonrisa inmortal, cerró los ojos.
Y fue entonces, cuando, como tantas otras veces, el silencio vio marcharse a la soledad con una sonrisa en la boca y la lluvia en los ojos.