Él clavó el filo en su brazo,
buscando el confort de una mirada llena de amor y ternura. El brillo
plateado dibujó una línea de final sobre su piel. Del trazo
pintado, brotó, abrazador, el rojo fuego. Desde aquella llama de
ardor, comenzó a fluir una escarlata calidez, que pronto lo cubrió
todo a su alrededor. Y en el corazón del mismísimo fuego, el frío
halló nido. Allí se asentó y fue creciendo, alimentándose de cada
tristeza que habitaba aquel río llameante. Junto al frío vino la
nieve, que, con su blanco resplandor, fue robando el color su piel.
El fuego fluía y el frío comía.
Tanto comió, que su enorme cuerpo rebalsó, llenándolo todo con
gelidez. Tanta fue la gelidez, que hasta el tiempo comenzó a moverse lento.
Pronto, el frío había devorado cada tristeza en aquel río, y
satisfecho, apagó el fuego y se dispuso a dormir sobre el pecho del
muchacho.
Fue entonces, cuando el silencio, el
único espectador, la vio llegar. Ella entró a la habitación con
sus ojos brillantes y su caminar musical. Pero aún así, el silencio
se quedó allí, inmóvil, observando. Los pies danzarines se acercaron al
muchacho, y su mirada verde se reflejó en los ojos brillantes. Él
sonrió feliz. Llevaba tanto tiempo buscando aquello, que comenzó a
dudar de su existencia. Allí estaba, una mirada llena de ternura y
amor, llena de comprensión y tristeza. Ella lo abrazó con todas sus
fuerzas, y él, con una sonrisa inmortal, cerró los ojos.
Y fue entonces, cuando, como tantas
otras veces, el silencio vio marcharse a la soledad con una sonrisa
en la boca y la lluvia en los ojos.