domingo, julio 17

Entre finales y principios

Cuando llueve por tanto tiempo, y uno no tiene más diversión que ver como van de un lado a otro los caminos serpenteantes de gotas sobre la ventana, sentir el calor del sol sobre el rostro antes de abrir los ojos es como una explosión de alegría.

Sebastían, tan rápido como pudo, se destapó y fue corriendo al baño a cepillarse los dientes. Bajó a toda prisa las escaleras, entró corriendo a la cocina, y se abrazó a las piernas de su papá Francisco quien preparaba el desayuno.

_¡Salió el sol! ¡Salió el sol! -dijo contento- ¿puedo salir a jugar a la colinita? ¿puedo? ¿puedo?

Había estado esperando este momento por mucho tiempo. Por fin podría ir a la colinita al final de la calle a jugar con sus amigos Lucas y Miguel. Jugaría toda la mañana, como siempre lo hacían, hasta que llegaba la hora en que cada uno iba a su jardín.

_Está bien, está bien -dijo su papá sonriendo-, pero primero desayuná - y le dejó una taza y unas tostadas con dulce de leche sobre la mesa.

Devoró las tostadas con rapidez. Para cuando su papá Nahuel entró a la cocina cargando en brazos a su hermano pequeño, Sebas apuraba los últimos sorbos de matecocido.

_¡Tomá más despacio que te vas a ahogar! -le dijo, viendo como derramaba matecocido por la comisura de los labios. Luego se acercó y le dio un beso en la cabeza.

_¡Es que... salió el sol, papá!... Tengo... que apurarme. ¿Y si... las nubes se lo llevan otra vez? -respondió con entusiasmo, mientras no dejaba de hacerle morisquetas a su hermanito, quien lo miraba fijo y sonreía.

Entre las risas de sus padres, Sebas se paró y buscó su carrito rojo debajo de la mesa y salió corriendo hacia la puerta arrastrándolo detrás.

_¡Che, nubes! ¿no te olvidas de algo?

Automáticamente, dio media vuelta, corrió hasta sus padres, los abrazó, y disparó hacia la entrada otra vez.

_Y ahí se va otra vez tu hermano hacia la colinita con su carrito -le dijo Nahuel a su pequeño hijo, mientras los tres lo miraban correr desde la ventana.

_Y otra vez irá hasta la esquina, donde Lucas estará esperándolo -le siguió contando Francisco.

_Él se subirá al carrito y tu hermano lo llevará hasta el borde de la colina. Ahí se encontrarán con Miguel, como siempre.

_En el camino, hablarán sobre lo que hicieron durante los días de lluvia -el pequeño Julian oía atento, como si trece lunas le fueran suficientes para entenderlos-. Lucas seguro le dirá que su mamá lo llevó a jugar bajo la lluvia y a saltar en charcos. Tu hermano le dirá que nosotros no lo dejamos salir a mojarse, pero que su hermoso papá Nahuel le regaló otra caja de ladrillitos y entre los dos hicieron un robot gigante…




_Ahora es tu turno Lucas -dijo Miguel-. Después voy yo.

Sebas posicionó el carro sobre la parte más alta de la colina y esperó a que su amigo se siente en él para empujarlo. Mientras Lucas caía a toda velocidad agitando los brazos y riendo, sus amigos corrían detrás, gritando y riendo también. Cuando el carro se paró en la explanada delante de la colinita, los tres se tiraron riendo agitados. Y allí, en el verde césped entre las hamacas y la vereda, entre una nube con forma de reno y un tren hecho de nubes, esperaron que el aire volviera a ellos.

Mientras subían otra vez la colina, con Miguel gritando "me toca, me toca", notaron que dos niños se encontraban parados en la cima. Eran un niño y un niña, los dos con el pelo rojo como el carro de Sebas y pecas en los cachetes. Los dos, con rasgos idénticos a excepción del largo de sus cabellos y la expresión de sus ojos. Él, de pelo corto y la mirada llena de tantos sueños que se perdía en el cielo. Ella, cabello largo y ojos silenciosos, de pocas palabras, que excavan profundo. Él silbaba fuerte, como quien trata de llamar la atención. Ella se escondía detrás de su gemelo y los miraba con timidez.

_Yo los conozco -susurro Sebas a sus amigos-. Son los chicos nuevos que empezaron ayer mi jardín. Nacho y Samanta, creo. ¿Los invitamos a jugar?

_Invitémoslos a jugar! -dijo Miguel emocionado, antes siquiera de que su amigo termine la pregunta.

_No se… -Lucas dudo desde su vergüenza- pero está bien.

Los amigos se miraron entre ellos y todos asintieron. Ya estaban de acuerdo, los invitaría a jugar. Ahora quedaba ver quien lo haría. Los tres se acercaron hasta los recién llegados, Sebas con el carro detrás. Cuando estuvieron todos juntos, se quedaron ahí, callados. Lucas, el más tímido de los tres, miraba hacia el piso, y Miguel tenía los ojos clavados en Sebas como queriendo gritar "Vamos, diles. Tu que los conoces, diles". El silencio se estiro todo el largo de un minuto, aún siendo que para niños tan pequeños los minutos son más largo. Pero entonces, cuando parecía que se quedarían así para siempre, Nacho dijo decidido:

_¿Para que es el carro?

_¡Para lanzarnos! Te subes y te tiras por este lado de la colina. Y bajas rápido, rápido ¿Quieres probar? Ven, sube.

Sebas hablaba rápido y con emoción, como si quisiera recuperar el tiempo que les había robado el silencio. Mientras, preparaba el nuevo lanzamiento.

_¡Pero era mi turno! -protestó Miguel.

_Déjalo que pruebe. Después vas vos -lo convenció Lucas, con una voz casi inaudible.

Nacho se acomodó en el carro, y Sebas lo empujó. Al igual Lucas, bajó a toda velocidad riendo y agitando los brazos. Los demás se partieron en dos, sus cuerpos se quedaron arriba, viéndolo bajar, pero sus risas lo acompañaron idea y vuelta.

_jajajaja, ¡que divertido! ¡Otra vez! -dijo el niño colorado mientras se acercaba a ellos.

_Pero esta vez me toca a mi... -Miguel se quedó allí parado con los ojos rojos llenos de suplica. Ya no le gustaba nada la idea de invitar a los gemelos.

Sebas miró a su amigo, después al niño nuevo quien estaba preparando el carro para lanzarse otra vez. Entonces dijo convencido:

_Ahora le toca a Miguel.

Nacho frunció las cejas como quien no entiende.

_Pensé que te llamabas Sebastían. Pero no importa, vos ya jugaste. Déjame una vez más.

_¡No! ¡Le toca a Miguel!

Sebas, enojado, intentó sacarle el carro al niño colorado, pero él no quiso soltarlo. Ambos forcejearon hasta que Sebas logró quitárselo. Pero al hacerlo, perdió el equilibrio y cayó hacia atrás. Primero se golpeó contra el carro, para después rodar violentamente junto a él a lo largo de la colina. Cuando por fin se detuvo, y supo que a pesar del dolor estaba a salvo, Seba rompió en llanto.

A Sebas le dolía el brazo y lloraba por eso, porque sabía que el agua aliviaba el dolor. El niño de cabellos rojos y ojos con sueños llenos de lágrimas, tomó a su hermana con una mano y la culpa con otra, y salió corriendo arrastrándolas tras de si. Lucas y Miguel lo miraban asustados, sin saber bien que hacer. Él se levantó como pudo y, acompañado por sus amigos, dibujó un camino de llantos hasta su casa.

Julian fue el primero en su casa en oír ese sendero, y quiso ayudar a su hermano mayor, dibujándolo desde el otro extremo. El siguiente que lo notó Nahuel, quien se precipitó hacia la entrada con una zapatilla a medio poner. Francisco, que cargaba a su hijo confundiendo un llanto de empatía con uno de hambre, vio el camino en la rapidez del correr de su pareja. Aunque ambos corrieron todo el tramo que los separaba de su preocupación, el miedo siempre iba dos pasos adelante.

Y junto a él encontraron a su hijo, en la esquina de su casa, lleno de tierra de pies a cabeza, con los cachetes colorados de tanto llorar y un brazo magullado y notablemente hinchado. El solo ver a sus familia ahí junto a él, bastó para mitigar un poco de su dolor y su llanto.

_¡Sebas! ¿Estás bien? - dijo Nahuel arrodillándose junto a su hijo y revisando su brazo. Él asintió con la cabeza.

Francisco, aún cargando a Julian, se acercó y le secó las lágrimas con un pañuelo.

_¿Qué pasó? ¿Cómo terminaste así?

Aferrándose a papá, entre palabras mojadas y sollozos, Sebas le contó la historia de los niños nuevos, el carro y Miguel.

_¡Ay, Sebastían! Está bien defender a tus amigos imaginarios, pero no al punto de terminar peleando con otro niño...

Nahuel se dio cuenta de lo que había dicho cuando la mirada fija de su pareja le pesó en el alma. También en ese momento notó que su hijo había dejado de llorar y lo miraba con esa mueca en el rostro, ponía cada vez intenta entender algo.

_Vení, hijo. Vamos a entrar y ponerte un poco de hielo en el brazo, que enseguida se te pasa el dolor. Y después, podemos jugar con los ladrillitos... -dijo Francisco rápidamente, extendiendo su mano.

Dubitativo, tomó la mano de su papá Francisco, aun sin entender del todo. En ese momento, no se imaginó, que esa mañana sería la última vez en que jugaría con sus amigos Miguel y Lucas.





_Debe haber vuelto a su casa -le dijo Nacho a su hermana.

Samanta había logrado detener a su hermano a unas cuadras de la colinita. Pero había sido la culpa, aún aferrada a su mano, la que lo había hecho volver sobre sus pasos. Cuando regresaron, unos minutos después de lo ocurrido, solo encontraron al carro rojo, solitario y triste, en el mismo lugar estaba cuando se marcharon.

_Vayamos a su casa, entonces. Así te disculpas, y le llevémosle el carro también.

_Pero dónde vive…

Ninguno de los dos lo sabía. Por eso, Nacho con los sueños en sus ojos, habló con las nubes en los cielos, pero ellas recién habían llegado y no habían visto a ningún niño. Pero Samanta, con el silencio en su mirada, encontró un rastro del camino que Sebas había dejado atrás.

Ahora era ella quien tomaba a su hermano de la mano y lo arrastraba tras de si. Él se apresuró a manotear el carro lleno de esperanzas y se dejó llevar.

El sendero andaba derecho por la vereda, cruzaba una calle tranquila y se detenía a esperar. Después cambiaba de forma y seguía, hasta terminar en la puerta de una casa a mitad de cuadra. Y allí terminaron ellos, delante de una puerta que se demoraban en golpear.

El niño dejó el carro a un lado, y se acercó hasta la puerta decidido a disculparse con Sebas. Samanta, como siempre que tenía vergüenza, se escondió detrás de su hermano.

Toc toc toc…

El sonido se esparció por todas partes. Y otra vez fue el miedo fue primero en llegar hasta la puerta. Nacho se asustó tanto, que salió corriendo dejando a su hermana atrás. Ella, sorprendida, se quedó unos segundos viéndolo correr, hasta que sus pies lo siguieron. Mientras escapaban, el niño se prometió de que hablaría con Sebas en el jardín.

Pero esa tarde Sebas no fue al jardín, y eso los preocupó más aún. Por eso mismo, antes de que la noche caiga, andaron otra vez el camino desde su casa a la colinita y de la colinita a la puerta de la casa de Sebas. Y otra vez, Nacho golpeó la puerta con su hermana escondida detrás. Pero esta vez, cuando llegó el miedo a recibirlos, se quedaron allí.

_Hola, buscan a Sebas -dijo un hombre grande que abrió la puerta. Un bebé se escondía detrás de sus piernas y les sonreía.

Ellos asintieron con la cabeza. El hombre giró y gritó:

_¡Sebas, bajá! ¡Te busca! Gracias por traer el carrito hoy a la mañana -agregó, tomando al niño pequeño y entrando otra vez a la casa.

Unos segundos después Sebas se asomó por la puerta. Cuando los vio, abrió los ojos bien grandes de sorpresa y se le escapó una sonrisa, que se apuró a esconder. Pero Nacho no se dio cuenta de eso, porque otra vez tenía la mirada perdida en el cielo. Si hubiese notado esa sonrisa, habrían salido palabras de su boca cuando la abrió.

Entonces, para evitar que el silencio se estire otra vez, Samanta empujó a su gemelo. Los sueños del niño bajaron de golpe, y terminaron junto a él, un paso adelante. Y eso bastó para desatorar las palabras que tenía apretadas en su garganta, que salieron todas juntas de un tirón.

_¡Perdón por lo de hoy a la mañana! ¡Yo no quería hacerlo! ¡Perdón! ¡Perdón!

Sebas sonrió otra vez, a esa edad, cuando los minutos son tan largos, es difícil enojarse tanto tiempo.

_Preguntale si mañana quiere jugar con nosotros en la colinita -le dijo Samanta a su hermano, como si Sebas no pudiese oírla.






El sol brillaba fuerte cuando Samanta y Nacho, trepados en un árbol al borde de la colinita, vieron llegar al niño. Se dirigió hacia ellos y los saludo con énfasis desde abajo.

Luego, se paró junto a una hamaca y la empujó riendo. Cada vez que se acercaba, entre risas y conversaciones consigo mismo, la volvía a empujar.


_¿Qué hace Julian? -preguntó Samanta a su amigo, quien estaba trepado más arriba.

Sebas bajó un par de ramas, para estar a la altura de los gemelos. Luego, miró a su hermanito jugar solo. Pensar que cuando conoció a sus mejores amigos tenía más o menos su edad. Un sentimiento raro invadió su pecho. Era la primera vez que sentía nostalgia.

Volvió a mirar hacia donde estaba su hermano y sonrió.

_Está jugando con unos amigos nuestros...

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