jueves, noviembre 19

La ventana

Aparté la vista de las hojas y miré por la ventana otra vez. La lluvia llevaba tres días cayendo sin parar, como si el mundo se hubiese olvidado que había otras formas de existir. El agua se fue acumulando, pasando de pequeños charcos difuminados por el suelo a serpentiantes riachuelos que iban de aquí para allá. Enfrente un grupo de palomas se acurrucan uno junto a la otra, tratando de escapar al aguacero. Los árboles, con las hojas limpias, emanaban un fulgor verdoso rebosante de vida. Cómo no sonreír al verlos sacudir ramas al ritmo del viento musical. ¡Ay, el viento! El viento se metía en la habitación danzando alegremente a mi alrededor, movía las hojas del libro, acariciaba mi rostro y depositaba un par de gotas en mi pelo. Era un viento que no traía ni llevaba, ni frio ni cálido, sólo liberador.
Miré otra vez por la ventana, pero mas que afuera, mié adentro. Y ahí estaba yo, sentando junto a la ventana, mirando un mundo que no era el mio, leyendo hojas desabridas y con la mente ardiente y vacía. Ardiente de pensar, vacía de hacer. Poco hacía en comparación de todo lo que decía. Pero qué decía. ¿Acaso decía algo entre tantas palabras entrelazadas? Tanto darle vueltas a las cosas en mi cabeza, para terminar llenando todo de silencios y quedarme ahí quieto, inmóvil. No hacía por miedo al cambio o simplemente por desgano. Era por inseguridad o realmente creía no servía intentar. Acaso era desesperanza o estaba roto?  Me habían vaciado el alma mientras pensaba en que no podrían hacerlo?
Afuera, el agua caía. Adentro, el fuego subía. Afuera, las nubes eran la fuente del agua. Adentro, mi espíritu era el combustible del fuego. Afuera y adentro. Agua y fuego. Uno contra el otro, contradiciéndose coexistiendo. Y en el medio estaba yo, sin ser ni hacer.