Era una mañana fría cuando decidió que ya no había vuelta atrás.
Cerró los ojos mojados, respiró hondo y se dejó caer, profundo, como aquél que no tiene planeado volver.
Él calló profundamente, adentro, y cayó bien adentro, profundo. Para su sorpresa, el fondo no estaba vacío, sino que estaba lleno. Por todas partes se movía una presencia familiar, que le resultaba conocida pero no lo podía reconocer.
Entonces habló.
_¿Quién eres?- preguntó, sin más.
Y el conocido respondió.
_¿yo? Yo soy el silencio que nadie se atreve a romper luego de una pelea. Soy la intranquilidad que duerme junto al viento las noches sin luna. Soy el vacío que llena, cada vez que un corazón se rompe. Soy el suelo sobre el cual, la soledad apoyas sus pies. Soy el hambre y soy la inspiración... Soy la esperanza que te obliga a levantarte cada mañana. Aliméntame y te devoraré.
Entonces calló... y siguió cayendo.
martes, julio 22
martes, abril 22
La mirada buscada
Él clavó el filo en su brazo,
buscando el confort de una mirada llena de amor y ternura. El brillo
plateado dibujó una línea de final sobre su piel. Del trazo
pintado, brotó, abrazador, el rojo fuego. Desde aquella llama de
ardor, comenzó a fluir una escarlata calidez, que pronto lo cubrió
todo a su alrededor. Y en el corazón del mismísimo fuego, el frío
halló nido. Allí se asentó y fue creciendo, alimentándose de cada
tristeza que habitaba aquel río llameante. Junto al frío vino la
nieve, que, con su blanco resplandor, fue robando el color su piel.
El fuego fluía y el frío comía.
Tanto comió, que su enorme cuerpo rebalsó, llenándolo todo con
gelidez. Tanta fue la gelidez, que hasta el tiempo comenzó a moverse lento.
Pronto, el frío había devorado cada tristeza en aquel río, y
satisfecho, apagó el fuego y se dispuso a dormir sobre el pecho del
muchacho.
Fue entonces, cuando el silencio, el
único espectador, la vio llegar. Ella entró a la habitación con
sus ojos brillantes y su caminar musical. Pero aún así, el silencio
se quedó allí, inmóvil, observando. Los pies danzarines se acercaron al
muchacho, y su mirada verde se reflejó en los ojos brillantes. Él
sonrió feliz. Llevaba tanto tiempo buscando aquello, que comenzó a
dudar de su existencia. Allí estaba, una mirada llena de ternura y
amor, llena de comprensión y tristeza. Ella lo abrazó con todas sus
fuerzas, y él, con una sonrisa inmortal, cerró los ojos.
Y fue entonces, cuando, como tantas
otras veces, el silencio vio marcharse a la soledad con una sonrisa
en la boca y la lluvia en los ojos.
lunes, enero 27
...
Otra vez se encontraba allí,
atrapado entre las columnas grises,
sin sueños ni camino.
La desesperación agrietaba sus huesos
y el silencio se impregnaba en su piel.
Poco quedaba para aquellos ojos vacíos.
Una vez más era él,
aquel ser sin alma que nadie podía ver,
sin esperanzas ni recuerdos.
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