Era una mañana fría cuando decidió que ya no había vuelta atrás.
Cerró los ojos mojados, respiró hondo y se dejó caer, profundo, como aquél que no tiene planeado volver.
Él calló profundamente, adentro, y cayó bien adentro, profundo. Para su sorpresa, el fondo no estaba vacío, sino que estaba lleno. Por todas partes se movía una presencia familiar, que le resultaba conocida pero no lo podía reconocer.
Entonces habló.
_¿Quién eres?- preguntó, sin más.
Y el conocido respondió.
_¿yo? Yo soy el silencio que nadie se atreve a romper luego de una pelea. Soy la intranquilidad que duerme junto al viento las noches sin luna. Soy el vacío que llena, cada vez que un corazón se rompe. Soy el suelo sobre el cual, la soledad apoyas sus pies. Soy el hambre y soy la inspiración... Soy la esperanza que te obliga a levantarte cada mañana. Aliméntame y te devoraré.
Entonces calló... y siguió cayendo.
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