viernes, abril 5

La Mujer Blanca

_Corre, Nully, corre- gritó el joven Sentú a su pequeña hermana.

Era la tercera vez en la semana que aquello sucedía. Primero, el cielo obscurecía sutilmente. Luego, resulta difícil oír la voz de aquellos que te rodean, hasta terminar escuchando únicamente un suave susurro diciendo frases en algún desconocido idioma arcano. Siempre que eso ocurría, aquella bella dama aparecía, mitad caminando mitad danzando, con aquella sonrisa que solo ella puede tener. Y así como había venido, se marchaba. Mitad bailando, mitad corriendo, siempre sonriendo. Pero jamás sola se iba, siempre consigo se llevaba el alma de aquel que el mundo dejaba.

_Corre, Nully, corre- gritaba desesperado Sentú aunque sabía que era inútil-. Aléjate de ella, Nully. Corre.

La muchacha de la sonrisa se acercaba entre los árboles a la pequeña Nully, que con la poca fuerza que quedaba en su cuerpo, avanzaba con la ayuda  de una rama hacia su hermano. Sentú corría tan fuerte como podía, pero aún estaba muy lejos.
La joven pura ya estaba cerca, danzando, sonriendo. Las piernas de Nully ya no resistieron y cayó al suave y tupido césped. De los ojos de Sentú, dos líneas de tristeza caían y el viento las enfriaba en sus mejillas.

_¡Por favor, déjala! ¡Mujer blanca, por favor, déjala! -Sentú gritaba, pero ella sólo sonreía.

La muchacha se arrodilló junto a Nully, y ambas sonrieron.

_¡No lo hagas, por favor! ¡No lo hagas!

Las líneas ahora eran profundos trazos. Por ellas entraba el viento, que  congelaba y desgastaba el interior de Sentú.

Llegó al claro donde se encontraba su hermana junto a la muchacha y se arrojó al suelo, desaforadamente. Los ojos grises de Nully lo observaban, rebosantes de esperanzas al igual que siempre que lo miraba. Al caer, una grieta se hizo en su pecho y llegó a su frente, cruzando entre los ojos.

_¡Dama danzante, por favor, te lo suplico! ¡Déjala! ¡Deja a Nully! Es lo único que tengo. ¡Por favor, déjala!

La sonrisa lo miró a los ojos, y él se volvió a romper. Esta vez, la grieta comenzó en su lengua y terminó en su voz.

Mudo y agrietado, con dos trazos fríos en el rostros, se quedó entendiendo, mientras la joven se levantaba y, mitad danzando, mitad cantando, se marchó. Y al igual que tantas otras veces, no se fue sola.

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