Recuerdo la ventana (su ventana) y la expresión de su rostro dentro de aquella vista inmóvil. Recuerdo mirar a través de su ventana (su ventana, porque era suya y de nadie más) y ver una noche estrellada y profunda en la que podías hundirte. Recuerdo oír la voz de las estrellas filtrándose por su ventana (ventana que era suya, pero que aún así, la abría al mundo desinteresadamente, para que todo pudiéramos viajar por allí) y contarme toda su historia. Recuerdo el sentimiento de liberta al adentrarme en aquél cielo, recuerdo la tristeza que se quedaba al otro lado de la historia.
Cómo alguien como él, poseedor de ese gran podes, capaz de liberar las almas perdidas, capaz de dar refugio a tanta esperanza, estaba preso en tanto sufrimiento, en tanta soledad.
Recuerdo a mi corazón guarecer una estrella en lo más silencioso de mis tinieblas, y a mi mente perderse entre el entendimiento que trae consigo la empatía y la confusión propia de pensar por qué alguien con el poder de cambiar el mundo debe terminar cada uno de sus días solo, junto a una mascara gris y un rostro sin sonrisa alguna para conciliar el sueño.
Por qué alguien como él, capaz de transformar un frío muro en una ventana maravillosa que despierta a todo aquél que se atreve a adentrar su mirada, debe estar encadenado al dolor, caminando el desamor tan herido y roto que no le quedan fuerzas ni para abrir sus ojos...
"Vela por vos el bosque entero, dador de estrellas. Desde sus hojas sopla el viento, amigo del cambio. Cada árbol espera y vela, por tu reverdecer".
"Ojalá algún día cruces tu propia ventana, y seas libre para vivir sin pesar. Quizás sea tomando la mano que se extiende desde afuera, quizás sea destruyendo el muro con tus propias fuerza".